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Marcelino López Santos es uno de esos pintores que buscamos en el silencio del arte. Comenzó a pintar en unos años muy difíciles, cuando sobrevivir del arte era un milagro. López Santos fue descubriendo sus inquietudes artísticas. Pintor autodidacta, comienza a los 12 años, en 1934. Recibe clases del que fue fundador de la Escuela de Arte y Oficios Artístico en Tetuán de la Victoria. López Santos, tuvo amistad, siendo joven, con Marcelino de Santa María, y con Antonio Mínguez, gracias a ellos comenzó a trabajar en dibujos muy depurados, acabados con el máximo detalle, carboncillos con una gran disciplina, era el comienzo de una carrera artística de la que ya nunca iba a separarse. Una disciplina que me ayudaría pasados los años a realizar importantes retratos, en los años 70.
López Santos, después de aquellos años en los que aprendió las diferentes técnicas y materiales, comenzó una época que fue muy importante para su carrera de pintor, especialmente como comerciante. Descubrió la pasión que entonces tenían los americanos, de la Base de Torrejón, por la pintura de toros y bailarinas. Eran acuarelas rápidas, vendíamos muchas, a 10 pesetas. Torrejón en aquellos años era un largo viaje. Yo tuve uno de los primeros Biscuter que se vendieron en España, lo llenaba de cuadros, toda una excursión que me dio fama y dinero. Recuerdo cuando aparcaba el Biscuter junto a los "aigas americanos", parecía el cenicero del Cadilac. Luego estuve haciendo copias en el museo del Prado, las vendía por 500 pesetas. Y con estos negocios acabé comprándome el famoso Renault cuatro por cuatro. Me sentía centrado en el arte, y podía vivir de mi pintura. En aquellos años llegaron los marchantes americanos buscando pintura española, incluso la buscaban en pueblos, haciendo llegar la obra de pintores menos conocidos a su país, se fue promocionando España y su pintura.
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